La huerta de Agnack Petit es una utopía en sí misma. Cuando se planteó en 2010 parecía imposible que mujeres de diferentes etnias pudieran trabajar juntas, dada la tensión intercomunitaria que se vivía en la zona.
“No fue fácil” cuenta Adama Sonko, que tras quince años cultivando sigue ligada al proyecto como vicetesorera. “Durante la crisis cada etnia se aisló y sólo nos relacionábamos por familias. Al principio teníamos miedo de compartir el espacio de cultivo, pero poco a poco nos acostumbramos de nuevo a convivir y renovamos la confianza. Es un orgullo que siga activo”, explica en su casa, a escasos metros del huerto.
Cuentan las más mayores que durante este periodo hubo altos y bajos, pero hoy florece a plena actividad. Más de setenta mujeres de siete etnias diferentes (mandinga, manjak, mankañ, peul, diola fogny, diola boulouf y baynouk) se organizan en grupos para gestionar el trabajo. En cada uno hay una representante por etnia. Aissatou Jamba es la responsable de la “Comisión de gestión de la paz”. Apunta que los principales desacuerdos son causados por la administración del agua. “Hay problemas para asegurar la irrigación de todas las parcelas, porque los depósitos son insuficientes y el agua no llega para las mujeres que llegan tarde o están más alejadas de ellos”, explica.